Colorado y el futuro del fracking en México
. 5 noviembre, 2018

“Es mejor debatir una cuestión sin resolverla, que resolver una cuestión sin debatirla” –Joseph Joubert

La fracturación hidráulica no es nada nuevo. Desde los 1940, el gigante energético Halliburton extraía petróleo y gas natural usando esta técnica, hoy conocida mundialmente como fracking. Lo que la convirtió en algo innovador y revolucionario fueron los desarrollos tecnológicos que permitieron usarla para perforar horizontalmente, facilitando el acceso a reservas de hidrocarburos imposibles de aprovechar perforando verticalmente. Aunque la perforación horizontal empezó en los 1990, su verdadero boom fue a mediados de los 2000, cuando los altos precios internacionales del petróleo crudo hicieron que el fracking fuera sumamente rentable.

Si hoy Estados Unidos es el principal productor de gas natural y el tercero de petróleo crudo a nivel mundial es gracias al fracking. No sólo eso, si hoy el 50% de la energía que se produce en México es en plantas de ciclo combinado es por nuestra vecindad con Estados Unidos, de donde podemos importar gas natural de alta calidad a precios sumamente competitivos. Aunque la técnica todavía no se use masivamente en México y haya dudas sobre los beneficios de usarla, el fracking, a través de nuestras importaciones de gas natural para producir energía, ya es una realidad en México. No obstante, las dudas persisten y quizá la más interesante y sustentada empíricamente es la relacionada con los daños medioambientales que provoca esta técnica.

Al consistir en la inyección a la tierra de un coctel de agua y químicos a altísima presión, el fracking implica una serie de daños medioambientales cuya justificación no queda clara en función de los beneficios. Entre los daños medioambientales del fracking destacan el elevado consumo de agua y su pérdida para el ciclo hidrológico; la generación de desechos tóxicos y las dificultades para su manejo; la contaminación de los mantos freáticos y el agua de la superficie; la contaminación atmosférica; la migración de gases y sustancias del fluido hidráulico hacia la superficie; la emisión de gases de efecto invernadero (metano y otros); la sismicidad inducida; y la contaminación acústica.

Ahora bien, los beneficios del fracking tampoco son pocos. Producir energía con gas natural es 40% más limpio que con combustibles fósiles. Además, con reservas tan importantes como la Cuenca de Burgos, el fracking podría convertirse en el detonador de una nueva época dorada de la industria energética en México, arrojando valiosas rentas para el Estado. Aún más significativo, siendo una industria muy bien remunerada, el fracking podría significar la creación de decenas —quizá cientos— de miles de empleos de calidad en México. Para que te des una idea, querida lectora, querido lector, de 2005 a la fecha, el fracking ha significado la creación de 1.7 millones de empleos de calidad en Estados Unidos.

Por lo anterior y por la discusión de días recientes sobre la inevitable posibilidad de que el Estado mexicano incentive la extracción de gas y petróleo vía fracking, vale mucho la pena poner atención a la elección del día de hoy en Colorado, Estados Unidos, donde 3.3 millones de personas están llamadas a votar, entre otras cosas, en torno a una iniciativa que busca incrementar la distancia física que tiene que haber entre las zonas residenciales y los campos que están siendo explotados con fracturación hidráulica. Según expertos, de ser aprobada en la consulta pública, esta restricción prácticamente anularía la posibilidad de que se exploten nuevos yacimientos, fijando una fecha de caducidad relativamente cercana para la industria en el estado.

Como era de esperarse, la iniciativa ha generado enorme polémica entre los coloradinos y ha captado la atención de todo Estados Unidos. De hecho, según una encuesta reciente publicada en The New York Times, 43% están a favor y 41% en contra, lo que implica un empate técnico en las preferencias. Al margen del resultado, lo que me parece más relevante para México es escuchar y aprender de los argumentos que están esgrimiendo ambas partes de la discusión, y lo fascinante del tema es que nos obliga a pensar seriamente sobre el futuro económico, social y medioambiental de nuestro país. La pregunta no es nada sencilla, los costos y beneficios están ahí. ¿Estamos listos para debatirla?

Artículo publicado en Reforma, el 6 de noviembre de 2018.