El futuro de Jacinto
. 23 enero, 2018

“Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener resultados distintos” —Albert Einstein

Jacinto es un hombre de unos 25 años, no muy alto, de complexión delgada y voz amable, pero con una expresión de desesperación que se me quedó grabada en la mente. Lo conocí hace un par de semanas, cuando me detuve en una farmacia para hacer algunas compras en la carretera que bordea la costa de Jalisco. Jacinto era uno de los dos responsables de atender y cobrar en una pequeña farmacia. Mientras me cobraba, aproveché para platicar con él. Le pregunté de dónde era porque me llamó la atención que sus manos estaban llenas de callos y cicatrices, como las de una persona de 60 años.

Jacinto venía del campo. Había crecido y estudiado en un pequeño pueblo en la costa sur de Jalisco, donde se cultivan miles de hectáreas de plátano. ¿Qué hacía en una farmacia? Seis meses atrás se había mudado a la “ciudad” (en realidad, un pequeño municipio de 35 mil habitantes) para estudiar la carrera de derecho, con el sueño de ganar más de lo que ganaba cortando y cargando plátanos. Trabajaba en la farmacia para “completar el gasto”. La colegiatura y su manutención los estaba pagando con lo que había ahorrado durante cinco años. No obstante, lo que parecía una historia llena de esperanza, repentinamente dio un giro, para mi gusto, dramático.

Resulta que en la cosecha del plátano Jacinto solía ganar entre 20 y 30 mil pesos mensuales. Sí, era un trabajo durísimo, sí, era en la informalidad, sí, no tenía prestaciones de ningún tipo, pero ganaba lo suficiente para vivir bien, ahorrar y sentirse útil. Era un trabajo que lo revestía de una dignidad que en la farmacia había perdido. Eso explicaba su expresión de desesperación que se me quedó grabada en la mente: con la mandíbula apretada, un ojo temblando y la corbata toda arrugada por el sudor que escurría a chorros sobre su cuello. Para Jacinto era indignante trabajar en un establecimiento donde lo obligaban a ponerse una bata blanca “de doctorsito” para trasladar medicamentos de un lugar a otro y cobrarle a clientes apresurados, todo por fabulosos 5 mil pesos mensuales.

Apenas me dijo lo que ganaba en la farmacia, Jacinto me confesó que extrañaba mucho su trabajo anterior, porque, a pesar de lo duro que era, lo hacía sentir orgulloso. Evidentemente añoraba el ingreso que obtenía antes, pero ahora lo importante era, en sus palabras, que “vale la pena el sacrificio, después de terminar mi carrera voy a poder casarme y ayudar a mis padres”. Celebré entonces su entusiasmo y le di una palmada en el hombro mientras me cobrara, “claro que así será, ya veras que valdrá la pena”. Entonces le pregunté dónde estudiaba. Fue en ese momento cuando todo cambió. Mi sonrisa se esfumó y sentí tristeza, tanto así que mi rostro se desencajó, creo que se dio cuenta.

Lo que sucede es que Jacinto estudiaba derecho en una universidad “patito”, de esas cuyos títulos solo sirven para prender una fogata en esta época de heladez. Y es que en México las universidades “patito” no son solo unas cuantas, ya son una parvada que daña profundamente a sus estudiantes, porque no cuentan con una planta docente adecuada y mucho menos con programas académicos de buen nivel para formar y preparar a sus egresados. Son escuelas que solo roban la ilusión de los jóvenes y destruyen el potencial de generaciones enteras.

Querida lectora, querido lector, permítame hacerle algunas preguntas: ¿De qué sirve que en México solo 14 de cada 100 niñas y niños que entran a la primaria terminan una carrera universitaria? ¿Cuántas personas saben que, según el IMCO, los egresados de química fueron, en promedio, los mejor pagados? ¿Cuántos jóvenes están enterados de que la carrera de derecho es la tercera con el mayor número de profesionistas? ¿Podemos competir en el mundo cuando, según la prueba PISA, el promedio de compresión de lectura de los estudiantes mexicanos se ubica por debajo del de los de Trinidad y Tobago?

No tengo ni idea de qué será de Jacinto en los próximos años. Espero que llegue a ser un juez de la Suprema Corte de Justicia de la Nación o el abogado más reconocido en litigios de telecomunicaciones. Lo que me queda claro es dónde estará México si no hacemos nada al respecto. Apostar a la calidad de la educación es imperativo si queremos transformar a este país. Es tarea de la sociedad civil estar atentos y sumar en todos aquellos esfuerzos que se encaminen hacia este fin. Es tarea del gobierno acelerar el paso para aterrizar aquellos cambios que brinden más oportunidades a nuestros estudiantes y maestros. Es tarea de todos los mexicanos sumarnos a este esfuerzo, porque Jacinto ya está haciendo su parte.

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En menos de 280 caracteres: Un estudio de PwC señala que, para el año 2039, el 38% de los trabajos en los Estados Unidos serán substituidos por robots o inteligencia artificial. ¿Le apostamos a la calidad de la educación?

Artículo publicado en el Diario de Yucatán, el 23 de enero de 2018.