¿Jugamos con la educación?
. 15 mayo, 2018

“La educación es nuestro pasaporte al futuro, porque el mañana pertenece a quienes se preparan para él en el día de hoy” —Malcolm X

Pocos niegan que la educación sea la llave del futuro. Si un país quiere trascender, librar los estancamientos económicos, forjar mejores instituciones y propiciar una ciudadanía más feliz, capaz y exigente, debe tener un sistema educativo bien armado y que sea el espacio para que todos puedan, con toda su diversidad de arranque, ser buenos estudiantes.

En México, la educación siempre ha sido una de las preocupaciones principales del país y su sociedad. La educación, por ejemplo, fue una de las metas prioritarias del régimen político posrevolucionario, cuando las campañas de alfabetismo tenían mucho de épica. Con el pasar de los años, ya con el problema del analfabetismo dominado (parcialmente), el tema de cobertura se volvió prioritario. Desde mediados del siglo XX, lo que importó fue levantar escuelas en todas partes y llevar los programas de la SEP a todos los mexicanos. El “pero” de esto es que el debate sobre la calidad educativa quedó rezagado por mucho tiempo, y hasta hoy, con los resultados de las evaluaciones PISA, vemos el costo histórico de esta omisión.

Aunque hemos tenido relativo éxito tanto en la lucha contra el analfabetismo como en la cobertura, los problemas siguen ahí. Mientras que en 1970 25.8% de los mexicanos no sabían leer o escribir, para 2015 el problema se redujo a 5.5%, lo que equivale a cuatro millones de personas; posiblemente, a finales de este año, finalmente la SEP pueda levantar la “bandera blanca” de concluido. Se ha logrado la inscripción casi universal en primaria, no obstante que, en secundaria y, sobre todo, en preparatoria, existe un problema de abandono importante, que no solo se debe a problemas particulares del sistema educativo sino a inconvenientes de la economía mexicana: muchos estudiantes tienen que abandonar la escuela para empezar a trabajar a corta edad (o, en el peor caso, quedarse en medio, ni estudiando ni trabajando).

Por otro lado, el Servicio Profesional Docente —que por fin pone al mérito como el criterio principal en las carreras de los maestros— es un gran proyecto con el que tenemos que trabajar para producir resultados en el mediano plazo. La reforma a la Constitución y las leyes secundarias en educación  fue uno de los grandes triunfos de la sociedad civil en los últimos años y, hay que decirlo, un paso valiente y acertado de la administración actual. No hubiera sido posible sin el trabajo incansable de académicos, ciudadanos y organizaciones de la sociedad civil. Además, una pieza clave para que el inicio de esta transformación se diera fueron los cientos de miles de maestros de todo el país que antepusieron los intereses de los niños y las próximas generaciones. Esta transformación permitirá borrar los lastres del corporativismo sindical, como la compra y venta de plazas magisteriales, ideadas para la sociedad vertical y autoritaria del pasado, y empezar a armar un sistema educativo basado en el mérito —ya que los maestros ahora compiten por las plazas—, con un nuevo modelo educativo.

Por lo anterior resulta desconcertante, por decir lo menos, que el candidato a la presidencia que encabeza todas las encuestas simule cínicamente en materia educativa. ¿A qué me refiero? Si bien la semana pasada Andrés Manuel López Obrador envió una respuesta favorable a las 10 Preguntas por la Educación, el sábado 12 de mayo afirmó públicamente que su postura es “cancelar” la Reforma Educativa.

La actual transformación detonada por la Reforma Educativa apenas empieza. Sin duda es muy perfectible, pero apostar al mismo modelo de los últimos 70 años, donde la evidencia nos arroja niveles de lectura y ciencias más bajos que los de Trinidad y Tobago, desvíos por miles de millones de pesos y varios cientos de aviadores identificados, sería una tragedia.

La educación nacional no puede caer en la tragedia de simular y acelerar las brechas, como ha ocurrido con la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, fundada en 2001 por Andrés Manuel López Obrador y donde, del 2002 al 2015, se han destinado ocho mil 978 millones 285 mil 458 de pesos pero tres de cada cuatro de los 52 mil 902 alumnos que se matricularon en ese periodo no se han graduado, mucho menos titulado.

Sin duda debemos tomar en cuenta que hoy todavía no se gasta bien. Apenas el sábado pasado la primera plana de este diario documentaba que el gasto en comunicación social de la SEP durante 2017 fue de mil novecientos sesenta y tres millones de pesos, noticia que genera una profunda desconfianza e indignación. Es claro que la mayor parte de ese dinero debió destinarse para acompañar la capacitación de los maestros, mejorar la infraestructura de las escuelas e impulsar la calidad de la educación de millones de niñas y niños en todo el país. Pero seamos sinceros, ¿son culpables las niñas y niños de México de estos gastos? ¿Es a ellos a quienes se va a cobrar las inconsistencias y errores de la administración que termina? Afectados ya una vez, por una implementación deficiente, ¿es lógico afectarlos más gravemente con la interrupción de los cambios?

Si queremos romper con el ciclo intergeneracional de pobreza y que México detone su potencial, debemos recuperar a la educación como el principal motor de movilidad social, llevando la mejor educación a los que más la necesitan. Por eso el próximo 1 de julio mi voto lo definiré, en gran medida, entre los candidatos que prioricen el derecho a una educación de calidad, en donde las niñas y niños sean la prioridad. La educación, como el voto, no es un juego.

Artículo publicado en Reforma, el 15 de mayo de 2018.