La confianza como vitamina económica
. 22 octubre, 2018

“La confianza sube en escalera y baja en ascensor” –Refrán popular

La confianza, se sabe, es uno de los valores esenciales de toda economía sana. Es esa certidumbre que permite tomar decisiones importantes, invertir, iniciar proyectos, armar equipos, arriesgar. Para que toda esta diversidad de transacciones se dé también es necesario un marco institucional, que permita generar información valiosa y respetar los acuerdos.

Desde hace unos meses en China se está implementando un polémico experimento en este sentido. Hablo del Sistema de Crédito Social, que producirá una suerte de “índice de confiabilidad” de los ciudadanos a partir de análisis de big data. Hasta aquí todo bien, y el sistema en realidad ha encontrado buena aprobación precisamente porque China carece de un sistema de información financiera parecido y, por lo tanto, existe baja penetración crediticia en la sociedad.

Pero el problema del sistema es que no solo calificará el historial crediticio de los ciudadanos, sino también los comportamientos morales y sociales. Por ejemplo, tener “malas amistades” o criticar al Partido Comunista chino les restarán puntos a los ciudadanos. A su vez, los ciudadanos con baja calificación no podrán ocupar cargos públicos, viajar en avión o ser admitidos en las mejores universidades. Es decir, es un sistema que tiene más de política que de economía: facilitará transacciones financieras, pero mermará las de por sí pocas libertades políticas de los ciudadanos chinos. Se separarán a los ciudadanos de primera clase de los de segunda. Unos ciudadanos valdrán más, otros menos: un capítulo de Black Mirror en esteroides.

Sin embargo, el polémico proyecto, al menos, tiene un punto: la generación de información financiera de calidad es necesaria para animar la actividad económica a través de la confianza.

En México la penetración crediticia ha avanzado significativamente en los últimos años, pero todavía nos falta. El crédito interno en el sector privado como porcentaje del PIB es de 35%, una penetración menor al promedio en América Latina (49%), según el Banco Mundial. Esto se debe, entre otras cosas, al mediocre crecimiento de la economía mexicana y al nivel de riesgo que representan muchas personas que trabajan en el sector informal. Hay una perenne desconfianza entre prestamistas y prestatarios.

El contexto de esta desconfianza se da en un país con alta informalidad, donde más de la mitad de los trabajadores están en este sector, y con bajo Estado de derecho, donde el incumplimiento de contratos es usual.

En México necesitamos propuestas para restaurar la confianza entre los diferentes agentes económicos, como ha recomendado el Fondo Monetario Internacional. Evidentemente no necesitamos “calificar socialmente” a los ciudadanos, sino implementar mejores métodos para generar información financiera de calidad sobre los actores económicos, reducir la informalidad y mejorar el marco institucional donde se desarrolla la actividad económica.

Esta información de calidad permitirá reducir el costo del crédito, asignar mejor los recursos dentro de la economía y que más mexicanos se bancaricen y puedan acceder a mejores instrumentos financieros. Lo más importante: hay que procurar que este crédito sea productivo, que se invierta en bienes, en expandir negocios, en educación.

Recordemos que la confianza no solo es el pagamento que fortalece y da forma a las instituciones de un Estado democrático de derecho, sino también el combustible de cualquier economía de mercado bien regulada. Así de sencillo: sin confianza no puede haber democracia, mucho menos desarrollo económico. Tengámoslo en mente.

Artículo publicado en Reforma, el 23 de octubre de 2018.