La corrupción en Yucatán
. 6 marzo, 2017

“La corrupción es la polilla, la gangrena de un pueblo” —Papa Francisco

Querida lectora, querido lector, ¿sabía usted que Yucatán es una de las cuatro entidades más corruptas de México? Según datos de la Encuesta Nacional de Calidad de Impacto Gubernamental (ENCIG) 2015, aplicada por el INEGI y representativa del dominio urbano en cada entidad, Yucatán ocupa el segundo lugar nacional en conocimiento de víctimas de corrupción entre familiares y amigos, el segundo lugar nacional en pago de sobornos para realizar trámites de gobierno, y el cuarto lugar nacional en frecuencia de corrupción en trámites y servicios.

No obstante, comparados con nuestros paisanos de otras entidades, los yucatecos no percibimos que la corrupción sea un problema tan grave. Si bien en Yucatán la corrupción es mencionada como el tercer problema más importante del estado —después del desempleo y la mala atención en los centros de salud—, la proporción de personas que la perciben como uno de los tres principales problemas (42 por ciento) es la cuarta más baja en México, ubicándose sólo por encima de Hidalgo (38 por ciento), Querétaro (39 por ciento) y Veracruz (41 por ciento). Las tres proporciones más altas las registran Nuevo León (61 por ciento), Sinaloa (61 por ciento) y Baja California (58 por ciento).

Frente a lo anterior, cabe preguntarnos por qué un problema tan generalizado y común como la corrupción no es percibido como algo más grave por la sociedad yucateca, al menos con relación a otras entidades. Una posibilidad explorada en grupos de enfoque realizados por Opciona en Mérida y Hunucmá es que la misma ubicuidad de la corrupción ha provocado que la percibamos como algo común, esperado e irremediable: como parte normal de las interacciones y transacciones diarias con los agentes del Estado. Al fin y al cabo, “la corrupción es un problema cultural”, “la corrupción está en nuestro ADN” y “la corrupción somos todos”, o al menos eso se escucha con demasiada frecuencia.

Otra posibilidad también explorada en los grupos de enfoque realizados por Opciona en Mérida y Hunucmá es que en muchos casos la corrupción se da por razones de supervivencia. Me refiero a casos extremos en los que la asimetría de poder entre la autoridad corruptora y la víctima de corrupción es tan grande que ésta, ante la falta de información y de opciones prácticas y realistas, decide incurrir en el acto por supervivencia. La compra de votos y el condicionamiento de apoyos con fines electorales es quizá la mejor manera de ilustrar este tipo de corrupción característica de contextos con altos niveles de marginación y pobreza. O qué decir de la abuelita que es extorsionada en el IMSS o en el centro de salud para recibir los medicamentos a los que tiene derecho. ¡No se vale!

Pero que quede claro, no se trata de echarnos la culpa por la corrupción que vivimos, mucho menos de justificarla por la incomodidad que nos puede provocar hablar al respecto. De lo que se trata es de verla como una realidad cotidiana que seguirá entre nosotros mientras no nos organicemos para mitigarla. Porque la corrupción no sólo es la de los políticos y los grandes escándalos, también es la que nos facilita los trámites con el gobierno, nos ahorra dinero en multas y nos permite estacionarnos en lugares indebidos. La que puede servir de herramienta para resolver problemas cotidianos, pero que también es puerta para entrarle a la corrupción “grandota” de la clase política, los bisneros y los mafiosos.

Esta corrupción, la “chiquita”, es la corrupción que hemos dejado de ver por conveniencia, por costumbre, pero que no podemos dejar de sentir. Es la corrupción que nos hace permisivos. La que destruye la innovación de los emprendedores, premia los contactos con el gobierno y acaba con los sueños de miles de jóvenes estudiantes. Sí, también es la corrupción que envalentona a los camioneros a no detenerse cuando un adulto mayor les hace la parada, y la que da pie a que no haya consecuencias cuando una persona se estaciona en un lugar reservado para una mujer embarazada o en silla de ruedas.

Queridas y queridos lectores, no podemos seguir así. Es momento de abrir los ojos y darnos cuenta de que con la corrupción todos salimos perdiendo. Parafraseando al ‘Maquío’, dejemos de llorar por el México y el Yucatán corrupto que se frustró y empecemos a construir el México y el Yucatán que todavía pueden y deben ser. Porque podemos estar mejor y hoy más que nunca necesitamos los unos de los otros para lograrlo.

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Anuncio parroquial: Mañana estaré con mi amigo Diego Luna presentando el Corrupcionario mexicano en la Universidad Autónoma de Yucatán y en la Universidad Marista de Mérida. El objetivo de estas presentaciones es seguir la deliberación para construir el México y el Yucatán que todavía pueden y deben ser. ¡Qué mejor manera de hacerlo que con nuestros jóvenes universitarios! Para mayores informes no dejen de enviar un correo a foros@masyucatan.com.

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En menos de 140 caracteres: En www.masyucatan.com pueden encontrar el reporte completo sobre la corrupción en Yucatán con más datos y muchos gráficos.

Artículo publicado en el Diario de Yucatán, el 7 de marzo de 2017.