Lecciones de una mentira
. 23 enero, 2018

“No hay mayor mentira que la verdad mal entendida” —William James

De todas las mentiras que el presidente Donald Trump dice con alarmante cotidianidad, hay una que me llama mucho la atención porque me parece reveladora de su modus operandi. No estamos, en mi opinión, ante un loco errático e impredecible; nos enfrentamos a un personaje racional y congruente, inclusive consistente, siempre y cuando partamos del supuesto de que su única y principal preocupación es su imagen pública. La versión más exagerada de eso que el economista Adam Smith, en su Teoría de los sentimientos morales, llamó el anhelo humano de “no solo ser querido sino encantador”.

En campaña y ya en el gobierno, Trump ha prometido en varias ocasiones salvar a la industria carbonífera de su país, poniendo fin a eso que llama “la guerra contra el carbón”, que no se refiere a otra cosa que la regulación ambiental en Estados Unidos. Tan seria ha sido esta promesa, que prácticamente llegando a la Oficina Oval eliminó varias regulaciones a través de decretos ejecutivos para impulsar, según él, la creación de más y mejores empleos. ¿Cuál es la mentira?

Resulta que el principal “enemigo” de la industria carbonífera en Estados Unidos no es la regulación ambiental, reforzada tras la firma del Acuerdo de París en diciembre de 2016, sino la competencia económica. Durante décadas el carbón fue la fuente de energía más abundante y, por ende, barata, en Estados Unidos. Para que se dé una idea, querida lectora, querido lector, apenas en 2008, el año de la Gran Recesión, 48 por ciento de la electricidad en Estados Unidos se producía con carbón, representando la principal fuente de energía para la economía más poderosa del mundo. No obstante, bastó una década para que esta realidad se transformara por completo.

Y es que los años de depresión económica coinciden con los del surgimiento de una innovación tecnológica revolucionaria para la industria energética mundial, incluyendo, marcadamente, a la mexicana. La fracturación hidráulica o fracking es una técnica que permite extraer el llamado gas de esquisto, un hidrocarburo no convencional que se encuentra atrapado en capas de roca a gran profundidad, y como en el subsuelo estadounidense se encuentra una de las principales reservas de este combustible en el mundo, el precio del gas natural en la región cayó estrepitosamente.

Fue tan grande la caída en el precio del gas natural que rápidamente desplazó al carbón como la principal fuente de energía eléctrica en Estados Unidos. Basta decir que, el año pasado, mientras 34% de la energía eléctrica en nuestro vecino del norte se produjo con gas natural, 30% se produjo con carbón, un descenso de 18 puntos porcentuales en el uso de carbón en 10 años. No sólo eso, dado que los principales yacimientos de gas natural estadounidense se encuentran en el fronterizo estado de Texas, en México el gas natural ya también es, por mucho, la principal fuente de energía eléctrica, pasando de 36% en 2005 a 58% en 2016, 61% del cual importamos de Estados Unidos, convirtiéndonos en el principal destino de las exportaciones de gas natural de ese país.

Sabiendo esta historia, quizá valdría la pena preguntarse por qué no Trump en vez de culpar a la regulación ambiental por el debilitamiento de la industria carbonífera celebra que hoy Estados Unidos es el principal productor de gas natural en el mundo, garantizado la producción de energía eléctrica a precios increíblemente competitivos (y, si nos ponemos perversos, podríamos preguntarnos por qué no presume que México es peligrosamente dependiente del gas natural estadounidense para producir electricidad). ¿Acaso no es una buena noticia? Pues no, o al menos no desde la perspectiva de Trump. Recordemos que para entender a este personaje es necesario partir del supuesto de que su única y principal preocupación es su imagen pública.

Hoy por hoy, la imagen pública de Trump depende, casi por completo, de permanecer en la Casa Blanca, como el primer presidente no político en la historia de Estados Unidos (hazaña propia de un “genio estable”, Trump dixit). Esa permanencia, a su vez, depende de que logre reelegirse en 2020, para lo cual necesita mantener unida a la coalición que lo llevó al poder en 2016: blancos de clase media baja y baja, sin una carrera universitaria, que están desempleados o que trabajan en la industria manufacturera o en actividades típicamente de “cuello azul” como la extracción de carbón y otros minerales.

A quién le importa si la industria carbonífera emplea a escasos 50 mil estadounidenses, 120 mil menos que a los que emplea la del gas natural. Aquí de lo que se trata es de hacer y decir lo que sea necesario para retener el poder, para “no sólo ser querido sino encantador”. Importantes lecciones mientras negociamos el futuro del acuerdo económico más importante en la historia de nuestro país.

Artículo publicado en Reforma, el 23 de enero de 2018.