Nivelar la cancha
. 12 septiembre, 2017

“Cuando una flor no florece, arreglas el ambiente en el que crece, no la flor”

-Alexander Den Heijer

Uno de los principales temas dentro de la actual agenda económica de México es la renegociación del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN). Y es que sobran datos para sustentar la importancia del TLCAN en nuestra economía: 35 porciento de nuestro PIB depende de las exportaciones y más del 80 por ciento de éstas se dirigen a los Estados Unidos. Sin embargo, aún existen dudas para explicar por qué un tratado con las ambiciones y los alcances del TLCAN no ha sido capaz de ofrecernos mayores tasas de crecimiento.

Anteriormente he intentado responder a esta pregunta, en una columna en la que señalé que el TLCAN fue una extraordinaria palanca para el desarrollo, pero también nos hizo confiarnos y creer que, por sí solo, sería suficiente para detonar el potencial de México, sin tomar en cuenta otros temas relacionados con nuestra economía y el Estado de derecho. Ahora me gustaría explorar otra hipótesis: que la integración al TLC entre las entidades fue desigual, lo que obstaculizó un avance significativo y homogéneo en el desarrollo del país.

Hagamos un breve ejercicio: ¿Cuáles eran los estados más ricos antes del TLCAN y cuáles son los más ricos ahora? En términos de PIB per cápita, y de acuerdo con datos del INEGI, las cinco entidades más ricas en 1993 eran la Ciudad de México, Campeche, Nuevo León, Quintana Roo y Baja California Sur, en ese orden. Hoy en día, los estados más ricos son la Ciudad de México, Nuevo León, Coahuila, Querétaro y Quintana Roo, con Campeche cayendo estrepitosamente.

De acuerdo con la teoría económica, uno esperaría ver procesos de convergencia económica entre las distintas regiones de un país, producto de la inserción de la economía en cadenas de valor globales. En pocas palabras, deberíamos de ver que los estados con menores niveles de PIB per cápita antes del TLCAN tuvieran las mayores tasas de crecimiento durante el periodo que ha funcionado el TLCAN.

Sin embargo, de acuerdo con el Reporte sobre economías Regionales enero–marzo 2017 del Banco de México, el proceso no ha sido de convergencia sino de divergencia (o de convergencia condicionada). Las economías con mayor nivel de especialización y capital físico y humano fueron las más capaces de aprovechar el tratado y dinamizarse. Por eso vemos que, a 23 años de su entrada en vigor, los estados del norte y del centro-norte son los que han crecido más: Querétaro, Aguascalientes, Zacatecas, Guanajuato, San Luis Potosí y Nuevo León. Por otro lado, los estados más pobres han permanecido relativamente del mismo tamaño y con tasas bajas de crecimiento.

Este fenómeno se recalca al momento de analizar la Complejidad Económica de los estados, que es una forma de medir el grado de sofisticación de una economía (en términos de conocimiento y capacidad) para producir un bien. El Índice de Complejidad Económica del gobierno federal nos deja ver que los estados del norte y del centro-norte del país son los que gozan de la mayor complejidad en sus economías y, a su vez, la mayor parte de los estados del sur son los que menos complejidad tienen.

No es de sorprender, entonces, que los estados con mayores tasas de crecimiento en los últimos 23 años, Querétaro y Aguascalientes, ambos con un promedio anual cercano a 4.5 por ciento, tengan economías con un alto nivel de complejidad. Y que Campeche y Chiapas, los únicos dos estados que han decrecido en estos 23 años, tengan economías poco complejas y tasas de crecimiento entre las más bajas del país.

La evidencia es muy clara y no hay soluciones mágicas. Para nivelar la cancha e impulsar aquellas zonas del país que no han logrado transformar sus economías es necesario generar una mayor inserción en las cadenas productivas que requieren mayor complejidad económica. Hoy en día existe un proyecto que parece apuntar en este sentido: las Zonas Económicas Especiales, que buscan sacar a los estados más pobres del país de los ciclos de pobreza. Sin embargo, qué pasaría si de manera paralela se invirtiera, bajo esta lógica,  en aquellas zonas que tienen todos los recursos para iniciar fuertes ciclos de crecimiento y que sólo requieren un “empujoncito” para desplegar todo su potencial. De esto hablaré en mi próxima columna.

Artículo publicado en Reforma, el 12 de septiembre de 2017.