Nuestro quinto partido
. 12 junio, 2018

Para mi querido Rafa Márquez, en su quinto Mundial, ratificando su lugar en la historia como el mejor jugador mexicano de todos los tiempos.

Algunos dirán que el destino nos jugó una mala pasada. Arjen Robben acabó con el último sueño mundialista de la Selección Mexicana. El “maleficio del quinto partido” se extendió a cinco mundiales consecutivos. “No fue penal”, dijo ‘El Piojo’ en entrevista tras el silbatazo final. “No fue penal”, gritó Christian Martinoli cuando el árbitro juzgó que Rafa Márquez había obstruido el desborde del volante holandés en el área. “No fue penal”, sentenció la prensa nacional al día siguiente. #NoFuePenal como grito desesperado ante una nueva desilusión. En el calor del momento, la derrota se debía al error arbitral en tiempo de compensación. Nadie reparaba en que en los 92 minutos que transcurrieron entre el silbatazo inicial y el “clavado” de Robben, la Selección Holandesa superó a la Mexicana trece remates contra diez, 455 pases contra 357, treinta centros contra once, diez corners contra dos y un “clavado” contra cero.

¿A qué atribuyeron muchos jugadores y directivos de la Selección Mexicana de futbol el fracaso en el mundial de Brasil 2014: al árbitro que marcó un penal “inexistente” en tiempo de compensación o al desempeño del equipo durante el partido? Una revisión exhaustiva de la prensa en los días posteriores a la eliminación arroja indicios de que los jugadores y el director técnico no atribuyeron el fracaso a causas como el desempeño del equipo durante el partido. Aunque en principio reconocieron que algunos “descuidos” contribuyeron a la derrota, la mayoría de sus comentarios se centraron en el penal “inexistente” que marcó el árbitro en tiempo de compensación.

El caso de la Selección Mexicana en el mundial de Brasil 2014 contrasta con el de la Selección Alemana en la Eurocopa de Bélgica/Holanda 2000. Tras terminar últimos en la fase de grupos –sin haber conseguido un solo triunfo y ser goleados 3-0 por los suplentes de la Selección Portuguesa—, los jugadores y directivos de la Selección Alemana atribuyeron el fracaso a la falta de remplazo generacional en el equipo y a la falta de competencia en la liga local. Conscientes de que ambas situaciones dependían de ellos, diseñaron un plan para regresar a la senda del triunfo.

El plan alemán consistió en cuatro ejes que atacaron problemas bajo el control de los clubes y los directivos de la Federación Alemana de Futbol (FAF): 1) que cada club cuente con una academia para el desarrollo deportivo, académico y psicológico de futbolistas jóvenes; 2) que la permanencia de un club en la FAF dependa de que apruebe auditorías financieras, administrativas, deportivas y operativas cada tres años; 3) que el 51 por ciento de las acciones de un club sean propiedad de los socios (la regla “50 + 1”), con lo que se evita que jeques o empresas se hagan del dominio del equipo; y 4) que todos los entrenadores sean egresados de una academia de dirección técnica.

Los casos de las selecciones Mexicana y Alemana, próximos rivales en Rusia 2018, sirven para ilustrar el problema al que se enfrenta México a pocos días del 1 de julio. Nuestro país, como nuestra Selección, no termina de detonar su potencial porque tampoco termina de internalizar la importancia del mérito, la disciplina, la planeación y el trabajo como condiciones necesarias para el éxito. Seguimos apostándole a que la genialidad de una sola persona nos lleve al “quinto partido”, cuando la experiencia de la Selección Alemana deja claro que los resultados y los campeonatos se sostienen sobre la base de instituciones y trabajo en equipo, no de hombres fuertes o chiripazos. Y es que el mérito no es de quien un día logra desbordar y clavarse en el área para meter un golazo, sino de quien consistentemente logra contribuir al funcionamiento colectivo de su equipo con base en esfuerzo, disciplina y trabajo.

En estos días futboleros, querida lectora, querido lector, te invito a apostarle al funcionamiento colectivo de México. Aprendamos de nuestros errores y reconozcámoslos como propios, entendiendo sus causas e identificando posibles remedios. Construyamos un país de instituciones que trasciendan a los liderazgos que, por definición, son efímeros. Creamos en el valor del mérito como el cimiento de una sociedad competitiva, libre y justa, reconociendo que para ello necesitamos proveer a las y los mexicanos de una mayor igualdad de oportunidades para desarrollarse plenamente. El “quinto partido” no llegará por suerte, tenemos que alcanzarlo, aunque nos tome otros cuatro, seis u ocho años.

Artículo publicado en Reforma, el 12 de junio de 2018.