Nuestro tesoro rosa
. 3 abril, 2018

“La poesía de la tierra nunca muere” —John Keals

Las sociedades exitosas, como dijo el Dr. José Sarukhan Kérmez, exrector de la UNAM, hace unas semanas en el marco del Foro VIF, se construyen gracias al balance entre diferentes capitales: el económico, el humano, el cognitivo y, también, el natural. No solo importan las ventajas materiales que se tienen —lo que se sabe—, sino también la biodiversidad del territorio. Visto así, podemos concluir que México sigue teniendo un enorme potencial porque es un país con un capital natural envidiable, pues, con más de 100 mil especies y diferentes ecosistemas a lo largo del territorio, es uno de los diez países más biodiversos del mundo.

Traigo a colación este argumento porque me interesa seguir pensando en esos diferentes capitales que hacen de Yucatán un estado con un futuro extraordinario. Además de maravillas como los cenotes —de los que hablé en la pasada entrega— y de nuestra riquísima cultura e interesante legado histórico —de los que he hablado en numerosas ocasiones—, contamos con un capital natural único. Gracias al aislamiento geográfico de la península, en nuestro estado habitan mamíferos, plantas, insectos y aves que solo se encuentran en esta región del país. Una de estas especies, que destaca por su llamativa belleza, es el flamenco rosa.

El flamenco rosa (Phoenicopterus ruber por su nombre científico o “Meco” por su nombre maya) es un ave acuática que habita en los humedales salinos que se forman cerca de los litorales. Estas aves cuentan con una estructura corporal alargada que les permite introducirse en los suelos arcillosos para alimentarse de plancton, algas, camarones, insectos y crustáceos. Son una especie tan hermosa como rara, ya que solo se encuentran en el sur de Europa y Asia, en algunos países de África y, en América, en la península de Yucatán —de todo México, Quintana Roo, Campeche y nuestro estado son las únicas entidades donde se pueden disfrutar las bandadas rosas de estas aves— y en algunas islas del Caribe.

Precisamente en estos días he estado en las tranquilas playas de Sisal —puerto con historia, inclusive más que Progreso— y ha sido un verdadero deleite ver a los miles de flamencos que vienen a anidar a nuestros manglares. Otros lugares imprescindibles para disfrutar de estas aves son la Reserva de la Biósfera Ría Celestún y la Reserva de la Biósfera Río Lagartos, donde cada año llegan a anidar, entre enero y septiembre, más de 20 mil flamencos rosados. Esto se debe a que Yucatán cuenta con ecosistemas que las aves migratorias de diferentes especies (como el pato canadiense) aprovechan cada año para invernar y reproducirse.

Aunque no se encuentran en peligro de extinción, los flamencos rosas suelen ser considerados como una especie “amenazada”, pues sus ecosistemas suelen estar en peligro. Por ello, es importantísimo que la sociedad yucateca continúe aprovechando este espectáculo de la naturaleza con un turismo sustentable y que las autoridades den seguimiento de los programas de protección y educación ambiental principalmente en las zonas donde estas aves anidan.

Como los cenotes, los flamencos, nuestro tesoro rosa, representan unas de esas riquezas que hacen de Yucatán un estado único en el mundo, y son precisamente este tipo de capitales naturales los que debemos cuidar y aprovechar prioritariamente. El gran reto, entonces, es encontrar formatos innovadores para promoverlos, integrarlos a nuestro modelo económico y detonar el potencial de nuestro estado.

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Artículo publicado en el Diario de Yucatán, el 3 de abril de 2018.