El problema de las pandillas
. 8 mayo, 2017

“Éramos una pandilla como de 25, tanto adultos como menores. Tomábamos, robábamos y peleábamos con otras pandillas” —Joven yucateco

En Yucatán resulta casi imposible hablar de inseguridad sin que salga el tema de las pandillas. No es casualidad.

De acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE), elaborada por el INEGI, la presencia de pandillas es la segunda conducta antisocial más observada por la población del área metropolitana de Mérida. El panorama no es muy distinto en el resto del estado. En 2015 y 2016 los grupos de enfoque, etnografías y entrevistas a profundidad realizadas por Opciona en municipios como Hunucmá, Tizimín y Timucuy también colocaron a las pandillas entre las principales preocupaciones de la población yucateca.

No obstante, hay una buena noticia. Todo parece indicar que, hasta la fecha, las pandillas yucatecas no trabajan para el crimen organizado. De acuerdo con el informe especial Adolescentes: Vulnerabilidad y Violencia, elaborado por la CNDH y el CIESAS, ninguno de 32 jóvenes encarcelados por pandillerismo en Yucatán cometió delitos propios del crimen organizado. Esto es importante porque las pandillas suelen fungir como el brazo armado —y la carne de cañón— del crimen organizado, convirtiéndose en responsables de que la violencia escale exponencialmente en los territorios donde operan.

Sin embargo, sería un error dar por sentado que la situación de las pandillas en Yucatán permanecerá sin cambios. Eventuales modificaciones en las rutas del narcotráfico o en la dinámica delictiva local, resultado de la política de deportación de individuos con antecedentes penales desde Estados Unidos —muchos de ellos, miembros de pandillas trasnacionales—, encontrarían un terreno fértil para establecer vínculos nocivos mientras no existan políticas especialmente dirigidas a que los jóvenes dejen las pandillas por medio del acceso a oportunidades de estudio, empleo y salud.

Afortunadamente todavía estamos a tiempo de prevenir, pero para prevenir primero es importante identificar quiénes son los integrantes de estas pandillas —y, por ende, quiénes están en mayor riesgo de caer en sus garras—. Según el mismo informe especial elaborado por la CNDH y el CIESAS, los integrantes de las pandillas en Yucatán suelen ser jóvenes provenientes de hogares de escasos recursos, donde el padre o la madre suelen estar o haber estado encarcelados, donde el consumo excesivo del alcohol y la violencia intrafamiliar son cotidianas y donde los jóvenes suelen abandonar los estudios en la secundaria. La combinación de estos factores incrementa dramáticamente la probabilidad de que los jóvenes caigan en garras de las pandillas.

Las acciones de prevención más efectivas son aquellas que logran identificar e integrar a una población vulnerable y distante de los servicios públicos. En el caso de las pandillas, la base de esta estrategia es la oferta de servicios de salud emocional, oportunidades de estudio y capacitación para el empleo. Actualmente no existe en la entidad una estrategia específicamente dirigida a este sector de la población (Escudo Yucatán parece contemplarlo, pero todavía no hay claridad de que así sea), mientras que en el resto del país las entidades más afectadas por la delincuencia juvenil, las llevan a cabo una vez que ya cometieron delitos graves.

Así que no hay tiempo que perder. Sería un error dar por sentado que la situación de las pandillas en Yucatán permanecerá sin cambios, es decir, sin vínculos con la delincuencia organizada. Además, el tipo de conductas antisociales que llevan a cabo cotidianamente (por ej., robos) causan temor en la población. Hagámoslo por nuestros jóvenes, que son el presente y el futuro de nuestro querido estado. ¡Podemos estar mejor!

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En menos de 140 caracteres: Según la misma ENVIPE, la conducta antisocial más común en Yucatán es el consumo de alcohol en las calles, que va de la mano de las pandillas.

Artículo publicado en el Diario de Yucatán, el 9 de mayo de 2017.