Reducir la informalidad
. 1 mayo, 2018

“Lo que con mucho trabajo se adquiere, más se ama” –Aristóteles

Después de varias semanas de campañas presidenciales te invito a poner especial atención a los argumentos económicos de la y los candidatos. No solo importan las declaraciones y las buenas intenciones, sino, sobre todo, los qués y los cómos. Es momento de analizar los temas importantes, exigir seriedad en los diagnósticos y sopesar las diferentes propuestas de cambio, porque las dinámicas económicas y los retos de nuestro país distan de ser sencillos.

La informalidad destaca entre esos problemas complejos que nos han impedido detonar nuestro máximo potencial. México sigue siendo uno de los países con mayor informalidad del continente y este sector, aunque solo contribuye a una quinta parte del PIB, emplea a casi 6 de cada 10 personas de la población económicamente activa. Es evidente que, de existir más y mejores incentivos, quienes hoy trabajan en el sector informal lo harían en el formal. Las consecuencias que el sector informal tiene para nuestro país son graves y diversas, por razones de espacio las resumiría en tres.

Primero. Los trabajadores del sector informal y sus familias se quedan sin acceso a seguridad social, teniendo como consecuencia una absoluta incertidumbre en caso de enfermedad, maternidad/paternidad, accidentes o retiro. Son millones de personas que por trabajar en estas condiciones son vulnerables y cuya movilidad social dependerá, en mayor medida, de factores exógenos.

Segundo. La informalidad afecta el rendimiento de la economía nacional, al generar empleos de baja productividad y procesos sin tecnología. Además, las empresas informales quedan excluidas de mercados de crédito que les permitan crecer y organizarse mejor. Asimismo, dejan de aprovechar todos los beneficios de los tratados comerciales a los que México está suscrito, ya que no pueden exportar e importar productos ni registrar patentes.

Tercero. La informalidad perjudica la recaudación fiscal. Ya que la economía informal genera recursos, pero no paga impuestos, las cargas fiscales de todo el Estado y los servicios públicos recaen en el pequeño grupo de empresas formales y el resto de los contribuyentes (según el estudio Evasión Global de Impuestos 2017, publicado recientemente por la UDLAP, el porcentaje de evasión fiscal total respecto al PIB en México es de 2.6%).

A pesar de los efectos nocivos de la informalidad, ésta se ha generalizado en el país porque vivimos en lo que McKinsey & Company llama una “economía de dos velocidades”: una donde coexiste un sector dinámico, con empresas cuya productividad creció desde el 2009 a un ritmo de 5.8% anual y que son de las más productivas del mundo, y otro más tradicional, donde la productividad incluso decrece 6.5% por año.

Estas dos velocidades en parte explican la brecha económica entre los estados de la república. Hay entidades como Querétaro (5.4%), Aguascalientes (4.9%), Quintana Roo (4.4%), Zacatecas (4.3%) y Nuevo León (4.1%) —estados impulsados por sus industrias, el sector manufacturero y el turismo, integrados al mercado global—, que han crecido significativamente en los últimos 10 años, y otros como Baja California (2%), Oaxaca (2%), Chiapas (1.8%), Tamaulipas (1.7%) y Campeche (que decreció 4.2%) que su crecimiento ha sido bajo en el mismo periodo —y que son también algunas de las entidades con mayores índices de pobreza e informalidad—.

Los datos anteriores nos hacen ver que para combatir la pobreza es fundamental atender la informalidad, ya que existe una relación íntima entre ambas. Sobra evidencia de que los territorios que han encontrado su vocación productiva, que cuentan con educación superior de calidad y están conectados con el comercio mundial, crecen, generan empleos productivos y reducen la informalidad.

En este contexto, en un país con un potencial enorme y una complejidad ineludible, debemos tener cuidado con cualquier tipo de simplificación sobre nuestros problemas y soluciones. Hemos hecho cosas importantes que no se deben relegar por fantasías anacrónicas. ¿Qué cambio quieres?

Artículo publicado en Reforma, el 1 de mayo de 2018.