Reindustrializar a Yucatán
. 27 marzo, 2017

“El rumbo que estamos siguiendo lo hemos hecho de manera muy clara y muy concreta: reindustrializar a Yucatán” –Rolando Zapata

La semana pasada la discusión sobre la llamada reindustrialización de Yucatán tomó un segundo aire que llamó mi atención. Si bien el arranque de la construcción del Centro de Operaciones Ferroviarias en Umán es una gran noticia para todos los yucatecos (para un análisis al respecto les recomiendo el excelente artículo que nuestra ex gobernadora Dulce María Sauri publicó en este Diario el miércoles pasado http://bit.ly/2mUTvOk, hay otro lado de la ecuación que debemos tomar en cuenta si en verdad queremos llevar a nuestro estado al siguiente nivel de prosperidad y desarrollo económico.

Querida lectora, querido lector, ¿alguna vez se ha preguntado de dónde viene la energía que utiliza para prender los focos de su casa o echar a andar las máquinas de su negocio o empresa? Si vivera en Saltillo seguramente vendría de la combustión de carbón proveniente de la región carbonífera ubicada en el norte de Coahuila. Si viviera en Guadalajara seguramente vendría del aprovechamiento del agua en movimiento en la central hidroeléctrica La Yesca, ubicada en la frontera entre Jalisco y Nayarit. Si vivera en el puerto de Veracruz seguramente vendría de Tuxpan, donde desde 1991 se queman millones de litros de combustóleo —el más contaminante de los derivados de petróleo— para operar la central termoeléctrica más grande de América Latina. Y si usted vive en Mérida, Ticul o Valladolid, ¿de dónde vendría la electricidad?

Lo más probable es que vendría de alguna de las cinco centrales generadoras de energía instaladas en Yucatán: Mérida II, Valladolid III, Nachi-Cocom, Felipe Carrillo Puerto (Valladolid) y Mérida III, ésta última de capital privado. ¿Por qué es importante este dato? Porque resulta que nunca en nuestra historia hemos contado con la capacidad instalada necesaria para producir energía suficiente —y a precios competitivos— para impulsar una verdadera industrialización de nuestro querido Yucatán, no se diga una “reindustrialización”.

Y no, cuando hablo de industrialización no me refiero a atraer la instalación de industrias como la metalúrgica, la cementera o la química (tres de las principales consumidoras de electricidad en el mundo, que además no tendría mucho sentido estratégico por factores estructurales de nuestra entidad). La realidad es que la capacidad instalada para producir energía en Yucatán también tiene problemas para atraer industrias con un uso intermedio de energía como la papelera, la petroquímica y la automotriz. Habrá quien diga que el regreso de la Cervecería Yucateca es muestra de lo contrario. Sin embargo, la realidad es que esta planta, al igual que las de Envases Universales y Reyma, entre otras, serán la prueba de estrés más importante para la producción de energía en la historia de nuestro estado (tema que amerita una columna entera que escribiré en otra ocasión).

Desafortunadamente las causas de este problema tan invisible pero presente en nuestras vidas diarias han estado más o menos fuera de nuestro control. Por un lado, la geografía de nuestro estado —sin ríos para producir energía con agua ni cuencas para producir energía con aire, y con periodos intermitentes de luz solar para producir energía fotovoltaica— nos ha vuelto dependientes de los combustibles fósiles para producir electricidad. Es por ello que las cinco centrales generadoras de energía instaladas en Yucatán funcionan con turbinas impulsadas por gas natural, combustóleo o diésel (aunque el diésel y el combustóleo resultan cada vez menos atractivos por ser costosos y altamente contaminantes).

Lo anterior no sería un problema si no fuera por una salvedad: el gas natural que llega a Yucatán proveniente de Cantarell es de pésima calidad (está contaminado con nitrógeno utilizado en la extracción de petróleo, de donde también se obtiene gas natural), afectando severamente la eficiencia de las centrales generadoras instaladas en nuestro estado. A esto hay que sumar otro problema: nuestro estado está relativamente aislado del resto de México, por lo que somos altamente dependientes del gas natural que llega por el único ducto que nos conecta con la red nacional de gasoductos. Visto desde esta perspectiva parecemos condenados a consumir gas de pésima calidad proveniente de Cantarell; no obstante, existen alternativas.

Una opción que ya está siendo explorada es abastecernos de gas natural licuado (dos o tres veces más caro que el gas natural, por cierto) a través de barcos que descargarían el combustible en el puerto de Progreso. De hecho, la empresa Korean Gas Corporation está construyendo una planta de gas natural licuado en nuestro territorio, misma que está programada para arrancar operaciones en 2019. Otra opción es construir un nuevo gasoducto (idealmente marino) que nos conecte con la red nacional de gasoductos y nos permita acceder a gas natural de mayor calidad. No obstante, esta opción todavía se ve muy lejana porque sigue resultando poco rentable para los inversionistas.

Así que querida lectora, querido lector, la próxima vez que escuche hablar sobre la reindustrialización de Yucatán recuerde que los ferrocarriles y las carreteras no serán suficientes para convertir este sueño en realidad. Mientras no resolvamos nuestro problema estructural de abastecimiento de gas natural y generación de energía eléctrica simple y sencillamente no podremos aspirar a atraer a las grandes industrias que crearían más y mejores empleos para todos los yucatecos.

Por eso estoy convencido de que en el corto plazo debemos apostar a seguir consolidándonos como un polo turístico, agroindustrial y de tecnologías de la información, entre otros. En estos campos no sólo estamos listos para competir, sino que contamos con los ingredientes necesarios destacar entre los mejores del mundo.

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Nota mental: Celebro que el gobernador Rolando Zapata haya anunciado que en días próximos publicará su declaración “3 de 3” (fiscal, patrimonial y de intereses).

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En menos de 140 caracteres: La norma mexicana de gas natural prohíbe que su contenido de nitrógeno supere el 4 por ciento; el que llega a Yucatán suele superar el 10 por ciento.

Artículo publicado en el Diario de Yucatán, el 28 de marzo de 2017.