Si México fuera un panal
. 11 febrero, 2019

“Ninguna abeja vive si no es para servir a las demás; siendo una, todas progresan” –Jesús Manzano

Desde hace años me he interesado por la abeja melipona, una especie que produce miel altamente nutritiva y que es un orgullo de mi querido Yucatán. A diferencia de la abeja común (Apis mellifera), la característica principal de esta especie es que no cuenta con aguijón, algo que me ha permitido observar y estudiar con más detenimiento cómo se desarrollan. Lo que más me ha impresionado son sus majestuosos panales y las interacciones que suceden ahí.

Estos castillos de seda sirven a la vez como refugio, fábrica, cuna y red de información; en ellos, las abejas se reparten asimismo diferentes funciones: recolectar polen, dar calor, proteger el panal, explorar el entorno inmediato. Su estrategia de producción y sobrevivencia es la organización.

Me fascina el mundo de las abejas no solo por su enorme relevancia en la cadena alimenticia y los manjares que nos ofrecen, sino también porque esta especie recrea a la perfección lo que un sistema eficiente debe ser: una red en la que cada parte cumple con su rol para lograr objetivos colectivos.

Traducido al lenguaje de las sociedades, la política y los negocios, los panales de abejas funcionan porque se basan en instituciones inquebrantables: hay una serie de reglas claras y procesos que, al seguirse y respetarse, aseguran la evolución de la especie. Esto quiere decir que cuando las instituciones son los suficientemente sólidas, el sistema sobrevive, más allá de los destellos individuales.

Creo que en México nos falta mucho por aprender de las abejas. Nos hemos acostumbrado históricamente a vivir en una confusión eterna entre la teoría y la praxis. Las leyes dictan un camino, pero la sociedad toma otro. Los políticos proponen X, pero se ejecuta Y. Antes de obedecer las reglas, las negociamos.

La sistematización de la corrupción, en este sentido, es el reflejo más radical de la disociación entre lo que debería ser y lo que es. Nuestra República, en sus peores momentos, es un antipanal.

Creo que el gran tema de nuestro país es resolver esa ecuación para que el sistema funcione. ¿Cómo ajustar la realidad para que cada quién haga lo que le toca por el bien colectivo?

Creo que la respuesta la sabemos y no es utópica, sino un horizonte a seguir. Desde la sociedad civil y el sector empresarial, llevamos años proponiendo proyectos para reducir la corrupción, la impunidad y consolidar instituciones sólidas. Este es el camino. Pero también me preguntaría, ¿cuantos están dispuestos a renunciar a sus privilegios y formarse en la fila?

En un país donde la convivencia está regulada por instituciones sólidas, los empresarios invierten, asumen el riesgo de sus emprendimientos y generan empleos; las autoridades son elegidas democráticamente, gobiernan bajo los límites de la ley y rinden cuentas; y los ciudadanos se desarrollan personal y profesionalmente, sin afectar a terceros, porque hay oportunidades, competencia y Estado de derecho.

El caos, la incertidumbre, la disociación entre la ley y los hechos, son los peores enemigos de las sociedades prósperas. Necesitamos volver a poner en el centro de la conversación pública el tema del Estado de derecho. Si no construimos un país con instituciones sólidas, no vamos a aprovechar el enorme potencial que tenemos.

Estoy convencido que este es el gran tema de México. Y las sabias abejas pueden orientarnos.

Artículo publicado en Reforma, el 12 de febrero de 2019.