El valor del tiempo en tiempos de cambio
. 3 diciembre, 2018

“No importa cuan grande sea el talento o el esfuerzo, algunas cosas solo toman tiempo” –Warren Buffett

Vivimos tiempos extraños, agotadores. Tiempos de cambios que también son de hipérboles. Uno de los asuntos más notorios de este año en la conversación pública es que nos hemos desvivido por la coyuntura. Parece como si en cada evento, en cada escándalo, en cada nuevo tema del debate público, nos jugáramos absolutamente todo el destino del país. Unos celebran cada anuncio, por insignificante que sea, como el inicio de una nueva era; otros, alarmados, simplemente encuentran el apocalipsis en cada novedad. Nos está faltando mesura.

Claro que los hechos coyunturales importan, los fuegos deben ser apagados en su momento y hay que inspeccionar críticamente el actuar de los gobiernos —sobre todo cuando proponen malas políticas públicas o los gobernantes pretenden infligir la ley—, pero lo importante, lo verdaderamente responsable, es nunca perder de vista la imagen completa: tener perspectiva. En el fondo, el alarmismo y el desgaste cotidiano que estamos viviendo no es nuevo. Nuestra afición por el cortoplacismo y lo efímero lleva tiempo en México y se da, con sus matices, en diferentes ámbitos.

En la política, lo normal en los tres niveles de gobierno desde la transición democrática es que se releguen los proyectos de largo plazo, transexenales, que supondrían una inversión pública de décadas; se han buscado soluciones apresuradas —ya sea en seguridad pública o en educación— a los problemas más complejos. Algo parecido sucede en una parte del sector privado, donde muchas empresas prefieren evitar la inversión en capital humano, investigación, equipo y en el desarrollo de tecnología, por tratar de obtener, lo más rápido posible, grandes réditos a corto plazo, de la manera más cómoda, incluso con negocios corruptos con el gobierno. O, incluso, en el deporte, donde pensamos, por ejemplo, que la solución a todos los problemas del futbol mexicano depende de un solo factor: de qué director técnico elijamos para la Selección Nacional.

Pero la verdad de las cosas es que nadie nos obliga a ser cortoplacistas, a ahogarnos en un vaso o a quedarnos hipnotizados con lo efímero. Lo interesante sucede más allá de la coyuntura. Lo bueno en la vida toma tiempo. Además, el tamaño de los retos mundiales que se nos presentan en este siglo —el cambio climático, el cambio tecnológico, la desigualdad, la migración— exigen propuestas y soluciones de cada vez mayores miras.

Aprovechando el inicio de un nuevo ciclo, de un nuevo sexenio, sostengo que en México tenemos que recuperar nuestra capacidad para plantear objetivos a cumplir en 15 o 20 años y rearmar y fortalecer instituciones, porque estos son los objetivos que de verdad importan y cambian, radicalmente, el panorama de un país, su capacidad productiva y su posición en el mundo. La ola de inseguridad, la corrupción endémica, las carencias de nuestro sistema educativo, científico y de salud, la falta de Estado de derecho, la obesidad y diabetes, las desigualdades regionales en el país, la brecha de género: estos son los grandes problemas nacionales que, independientemente de la coyuntura, nunca hay que perder de vista. Es en estos problemas donde tenemos que concentrar buena parte de nuestra energía.

Comparto esta reflexión a escasos días de haber cumplido 43 años. Al llegar a esta edad, supongo que uno aprende a ponderar y jerarquizar, a tener una visión más amplia, a ser más paciente. Y pocos asuntos me quedan tan claros como que las cosas importantes, tanto en la vida pública como en las inversiones y en la vida privada, toman su tiempo. Escribo esto contemplando un jardín que he cuidado durante años, que tiene árboles mucho más viejos que yo y otros que planté hace apenas un par de años, y al fondo alcanzo a ver un bosque, que seguramente tardó cientos —quizá miles— de años en formarse, madurar y convertirse en la belleza natural que es hoy en día.

Un jardín hay que imaginarlo, sembrarlo, regarlo, abonarlo, podarlo, fortalecerlo, cuidarlo y encausarlo. Pero, sobre todo, hay que darle tiempo para madurar y desarrollar su máximo potencial, sin comer ansias, sin acelerar procesos inevitables, recordando que un día o una semana sin lluvia no son una sequía. Eso sí, estando atentos para quitar las ramas que obstruyan el sol que necesitan las hortalizas y vigilantes para actuar con determinación ante plagas y fuegos que pongan en peligro al jardín. Ese es el valor del tiempo en tiempos de cambio.